miércoles, 30 de noviembre de 2011

AZAHARA, MI PÍU

   A veces las palabras se vuelven contra nosotros de una manera que resulta cruelmente irónica. No hace una semana os estaba diciendo que el 26 de noviembre era para mí el día más hermoso, blablablá... Bueno: a partir de ahora siempre irá precedido del 25, y el recuerdo del 25 de noviembre será siempre una terrible sombra en nuestra vida. Porque ese día ocurrió el accidente, y en él ha perdido la vida alguien que era más que una amiga para nosotras.
   No sé si podré ser coherente al contarlo. Necesito escribirlo porque los recuerdos acuden amontonados y quisiera saber ordenarlos. Imposible. Innecesario también, por otra parte.
   Cumplió veinticinco años el 6 de septiembre. Cuando la conocí, tenía dieciséis; yo, treinta y siete. Su hermano David era el mejor amigo de Anais, se pasaban el día juntos, en mi casa o en la suya, y su madre, a raíz de aquella amistad, intimó conmigo y teníamos largas charlas en aquellas tardes lentas y tranquilas.
   Azahara fue entrando en mi vida poco a poco; primero, como amiga (casi cuñadita) de Anais, aunque le llevaba cinco años; después, nuestra amistad se hizo íntima, fuerte. Cuando supo que me iba a separar (se le escapó a David, a quien se lo dijo Anais, aunque yo le había pedido que no dijera nada, pero la pobrecita tenía que compartir aquel palo con alguien), Azahara vino a mi casa, diciéndome sin venir a cuento que me quería mucho, que podía contar con ella para todo... La miré y le dije: Te lo ha dicho Anais. ¡Tontita mía, se le escapó aquella sonrisita culpable que nunca olvidaré! Pero fue el hombro sobre el que lloré, y prácticamente se trasladó a mi casa, cuando mi ex se iba a sus visitas "prohibidas": venía conmigo cada día al mercadillo para que no me quedara sola, me hacía reír, comíamos las tres juntas, dormía en mi casa... Como un compañero de batalla, como un soldado, sentó plaza junto a mí.
   Con el tiempo... empecé a salir, ella me llevó a los bares de copas del pueblo, a veces íbamos a bailar, otras veces a tomar algo y a jugar al billar. En casa, las tres -Anais, Azahara y yo- compartíamos tardes de risas y charlas, aventuras y desventuras, mis comidas le encantaban... Muchos lunes -eran mi día de descanso en el mercadillo- se presentaba por la mañana con un kilo de costillitas "para que las cocines como las haces tú"... y ya todo el lunes estábamos juntas, las tres, las Píu...
   ¿Por qué "las Píu"? Un día le comenté que me gustaría hacerme unas mechas, pero, claro, la economía...
   -Yo te las hago, yo sé.
   -¿De verdad? Pues compro el decolorante y me las haces -yo tan inocente, vaya.
   ¡¿Que sabía hacerlas?! ¡Me dejó la cabeza como un  nido de paja! ¡Sólo la coronilla, ésa era su idea de hacer mechas! Yo me miraba al espejo y le decía:
   -Azahara, que casi veo ahí a los pajaritos diciendo pío pío pío...
   Y ella, en lugar de sentirse culpable por el desaguisado que me había apañado, se mondaba, y con la música de la Abeja Maya (en un país multicolor...) me cantaba:
   -Ay, píu píu píu píu...
    Y a partir de entonces, cuando nos veíamos en algún lado al que no hubiéramos llegado juntas, se oía de lejos:
   -¡Píííííuuuuu...!
   -¡Píííííuuuuu...!
    Y todo el mundo andaba intrigado por aquel mote a tres, porque Anais fue también "la píu chica" para ella.
   Mi Píu estaba loquilla perdida. Yo le reñía en plan madre... pero ella sabía que no iba a traicionar ninguna de sus confidencias, y me contaba... ay, Dios. Nos volvía locas. Su madre se lamentaba de sus locuras, yo intentaba mediar entre las dos... muchas veces lo conseguía, otras... pues, no.
   Pensábamos que algún día seríamos de verdad familia: David y Anais, tanto tiempo, tanta amistad, hasta ese primer beso romántico que no se olvida jamás. Yo quería a David tanto, le quiero tanto, él a nosotras también, aunque ya aquel amor de niños sólo queda en el recuerdo y los dos tienen sus parejas.
   Fue con Azahara con la única persona con la que he dejado de hablarme un tiempo. Tuvimos una discusión por teléfono, le dije que iba a cortar porque no quería decir cosas de las que luego me arrepintiera... Aquella misma tarde nos encontramos en la calle, con otras amigas, y ella no me habló. ¡Ay, me hizo gracia! Me pareció un juego de niñas, y entré en él como... un juego, claro. Durante cuatro meses no nos hablamos, ni ella les hablaba a la mayoría del grupito con el que solíamos reunirnos, un extraño grupo en el que había gente de todas las edades, desde catorce hasta cincuenta años, y a pesar de eso nos llevábamos todos muy bien y nos reuníamos en el bar del parque todo el verano.
   Luego, un día, ella me mandó un sms loco. Yo estaba acostada y lo leí: "deja de malmeterle a mi hermano", decía. Me levanté disparada, medio dormida pero alterada porque jamás, jamás, se me habría ocurrido decirle a David nada contra ella, y ella tendría que saberlo porque me conocía lo bastante.
   Llamé a su casa, quería hablar con David, preguntarle... pero se puso Aza.
  -Azahara, ¿está David?
   -Está acostado.
   -Es que... me has mandado ese mensaje... y tú tienes que saber que nunca le he dicho una palabra sobre ti a tu hermano, ni a nadie; que tú y yo no nos hablemos -¡qué paranoia!- no quiere decir que me haya olvidado de todo lo que hemos vivido juntas...
   -Ya lo sé, Píu, si mi hermano no me ha dicho nada, es que estaba enfadada y quería putearte... -me contestó, tan directa.
   -Ah, vale, bueno... pues algo sí que me has puteado, porque estaba dormida ya.
   -¿Y Anais?
   -Pues dormida también.
   -Ah... Y... ¿cómo te va?
   -Buenoooo...
   -¿Y el mercadillo?
   -Ahora vendo también calcetines.
   -¿Sí? ¿De cuáles?
   Empecé a contarle un poco de lo que se vendía de nuevo. Era alucinante, cuatro meses de "enemigas" y ahora estábamos hablando por teléfono, tan relajadas, como antes.
   -Oye, ¿y esta noche no vas al bingo? -le pregunté de pronto, porque los jueves a medianoche había bingo en el Badawi, y antes íbamos juntas a veces y luego echábamos un billar, o bailábamos un poco, a nuestra bola.
   Tiempos muy locos pero inolvidables.
   -No, si mis amigas son muy sosas y no quieren ir. ¿Y vosotras?
   -Tampoco, como mañana hay colegio y mercadillo...
   -Qué pena, con lo bien que tiene que estar... ¿verdad?
   Ay, ay, ay...
   -¡Azahara -grité- ni se te ocurra!
   -Venga, tía, no eres capaz... ¿Te imaginas las caras de todos cuando nos vean llegar juntas?
   Me estaba subiendo una adrenalina... y unas ganas de reír...
   -Qué va, loca...
   -Me visto y voy para tu casa.
   -¡Píuuuu... nooooo!
   Anais estaba dormida. Yo no iba a irme a ninguna parte dejándola en casa, eso era seguro. Pero cuando la voz de Azahara resonó por las paredes, se levantó como alucinada, diciendo:
   -¿Azahara? ¿Está aquí Azahara?
   Y al cabo de una hora... sí, estábamos las tres en el bingo. Era como un sueño. ¡Nos habíamos añorado mucho! No dormimos en toda la noche, hicimos tostadas y huevos revueltos, lloramos, reímos, recordamos...
Fue una noche memorable que volvíamos a recordar cada vez que nos reuníamos, después, al cabo de los años.
   Porque en 2007 ellos se fueron a vivir a Algeciras y ya sólo nos veíamos una o dos veces al año, aunque cuando había ofertas de llamadas las aprovechábamos para hablar, hablar y hablar.
   Recuerdo un día que nos fuimos las tres a Córdoba, a pasar la mañana en plan "guiri", haciéndonos fotos, y a comer después a un buffet chino. Al volver, en el autobús, le comenté:
   -Ya tengo hambre otra vez, eso es lo que pasa con los chinos. Me comería ahora mismo otro rollito de primavera.
   -Yo me acabo de comer uno, ¿quieres? -me contestó la muy locuela, y mientras lo decía sacaba de su enorme bolso uno de los rollitos de primavera ¡que se había traído del buffet!
   ¡No pude ni reprenderle, por el ataque de risa que me dio!
   Ahora estaba en una Escuela Taller de Jardinería Forestal. Fue en un punto negro de la carretera de Pelayo. Su coche fue alcanzado por detrás. Era mediodía. A la conductora -ella, nuestra Píu- la sacaron los bomberos. Muerta.
   No me lo creo; sé que sí, pero no consigo creerlo, sólo que no puedo dejar de recordarla, sin pena, no consigo sentir tristeza ni dolor, sólo acordarme de las mil cosas que vivimos juntas. Como si fuera a verla de pronto, o a mandarle un sms: "píu, no hago más que pensar en ti, píu rizá, te echo de menos" Y esperar su respuesta, o, si no tiene saldo, al menos un toque...
   La enterraron el domingo. No fui. Podía haber ido, y quizá empiece a sentirme mal por no haberlo hecho. Pero no quiero comprender que está allí, porque todavía no me duele, porque me parece como si estuviera ahora aquí, en Villafranca, en casa de alguna de sus amigas, y luego fuera a pasar un momento por mi casa, con su melena rubia, rizada, sus ropas de colores "cantosos", como ella decía (para mí, Azahara es fucsia y el olor delicioso de su colonia), con su voz alta, un poco ronca, a lo mejor para decirme, antes de traspasar el umbral de mi puerta:
   -Píu, no me "regruñas", ya está, he hecho una locura, pero es que me apeteció...
   Y yo a poner cara de "¡horror! ¿Qué has hecho ahora?", y ya pasa, y se tira en el sofá, y me cuenta... lo que sea. Sí, una locura, Píu, yo te mato.
   No, no puedo. Ya... se ha matado.
   Porque vinieron tres de los amigos de "entonces". Mi niño Sergio, del blog La Talega, ¿lo conocéis quizá?, Zahira y Reme, y no recuerdo, esas cosas se entremezclan, Reme traía una cara muy, muy rara. Sergio me dijo: "Traemos una noticia muy mala". Reme se puso a llorar.
   Era la tarde del viernes 25. Anais y H. ya estaban en casa para dormir aquí y pasar juntos el cumpleaños. Estábamos arreglados (Anais me había dejado sus botines de tacón, qué mal recuerdo ya) para ir a tomar algo, por salir alguna vez un poco. Qué ilusos. Yo les había dicho, al abrir: "nos pilláis de milagro,nos íbamos a La Aduana", y luego entraron, y Reme se echó a llorar, y Zahira dijo: "Azahara ha tenido un accidente", y yo ya sabía que no, pero pregunté: "¿Está muy grave?" y Zahira denegó con la cabeza, y yo dije: "¿se ha matado?", o no lo pregunté, lo afirmé, y no puede ser, pero es. Reme decía "tiene que ser mentira", pero esas cosas nunca son mentira, y nos sentamos todos, o algunos creo que se quedaron de pie, y no sé qué dijimos, qué más da, aunque me gustaría saberlo para no estar intentando recordar cada palabra, sin conseguirlo.
   Y luego, al rato, llamaron a la puerta, y era una vecina que venía a darnos la noticia... como se da a veces en los pueblos, con ese regodeo morboso que dan ganas de partirle la cara a quien te lo dice. Y se fue con la rabia de no haber sido la que contara la primicia, de no ver nuestras caras... Siento ser dura de pronto, está feo, pero juro que fue así. Comprendo que mataran a los portadores de malas noticias, sobre todo si la mala noticia para ellos sólo era un chismorreo jugoso más.
   Ahora me parece injusto no estar sufriendo más. No puedo concentrarme en un libro, pero, si pudiera, me sentiría fatal porque ella no puede leer ya... aunque leer no le gustaba, no tenía paciencia... y sin embargo leyó mi novela y me mandaba sms: "voy por cuando..." "he llegado a...", y me hacía sentir orgullosa de que le hubiera interesado lo bastante para leerla hasta el final. También leía mis poesías (¡si ella vivió aquellos días de tristeza a mi lado, minuto a minuto!) y de vez en cuando cogía Mi Primavera De Desamor y las leía en voz alta, fijaos, me admiraba porque me quería, mi Píu me quería mucho, y yo pude dejar de hablarle cuatro meses como un juego. Y ella me daba toques con número oculto, yo sabía que era ella porque era una manía suya, daba toques al chico de sus sueños con número oculto y colgaba antes de que contestara, yo no comprendía por qué... Y yo, cuando me daba tiempo, le cogía los toques, para que gastara saldo, por fastidiarla, igual que pensaba que ella me los daba por fastidiarme a mí... Y aquella noche, cuando hicimos las paces,me dijo: "yo esperaba a que descolgaras para oír tu voz", y aquello me hizo llorar porque ¿quién había hecho eso por mí nunca, llamarme sólo para oír mi voz? Mi Píu loca y bonita, mi torbellino fucsia, ¿por qué no puedo llorar por ti, con lo que me duele el corazón?
   Y han pasado ya cinco días y sigo igual, aunque en el trabajo no tengo más remedio que pensar en otras cosas, pero sigo sin creerlo y casi sin poder llorar, sólo a ratos, ayer cuando hablé con su madre, Dios mío, mañana la llamaré otra vez, y recuerdo y sigo recordando, y sonrío porque eran cosas para sonreír, y la vida parece seguir como siempre pero ella no está.
   No pude contestaros a loscomentarios por el cumple de Anais, puse una explicación contando esto. Gracias a todos los que vinisteis a felicitar a Anais; sí, comimos la tarta y estuvimos juntos, pero qué amargo fue.

   
 
 
 

viernes, 25 de noviembre de 2011


 El 26 de noviembre es la fecha más importante de mi vida. Antes, no: era un día como otro cualquiera, seguramente gris ("noviembre es el mes más sombrío", decía Luise May Alcott en "Mujercitas"), y sin duda frío.
   Pero desde hace... ¡veinte! años, éste es el día más hermoso porque en él nació mi hija. Un regalo de Navidad adelantado, el más maravilloso presente de los Reyes Magos.
   No voy a contaros todo lo que siento porque me pondría muy tonta y ya está bien. Llevo toda la semana con las lágrimas a punto de desbordarme porque ¡son veinte años! Aunque el tango diga que veinte años son nada... ¡¿cómo que no?! ¡Es tanto, tanto y tanto, que lo es todo!
   Hemos pasado muchas cosas las dos juntas, a veces solas, otras veces acompañadas en nuestro camino. Siempre, como un Mago Bueno, estuvo Vega con nosotras; cuando las dos tuvimos un hombro en el que apoyarnos él nos dejó dulcemente, como tranquilizado al dejarnos en buenas manos. Siempre hago tarta de chocolate con fideitos de colorines por encima y una velita más, cada año una más.
   Este año son 20.
   Ya no están con nosotras Damián, ni David, ni Azahara, ni Sandra... Tampoco su padre, ni su prima Sonia. Este año no estará Isra, pero estará H., porque el amor se acaba y qué le vamos a hacer, pero resurge en otra persona, y si la veo feliz, yo también lo soy, es así de simple.
   Hubo cumpleaños inocentes, hubo un cumpleaños de adolescente en el que después de tarta nos fuimos al "Jorco", ya en plan "chica mayor", a tomar una coca-cola estrenando las botas de tacón... Hubo algunos de botellón después de la tarta, después llegaron cumpleaños más caseros, nosotros cuatro solamente... De todo.
   Pero siempre hemos intentado que sea un día especial, con muchos regalitos pequeños para que haya muchos papeles que desenvolver, y muchos "ooooooh...", y mucha ilusión, golosinas colgando del ventilador de techo de la salita, la mesa llena de paquetitos, la tarta en medio, risas, besitos, y después, cada año, Anais me pide que le cuente el día en que nació, como una tradición, aunque se lo sabe ya mejor que yo. También mi madre me contaba a mí sus recuerdos del día en que yo nací , y de chica yo me mosqueaba cada año cuando me decían que mi padre había traído churros para todos y que yo no los comí, ¡con lo que me gustaban!¡No era justo, yo quería churros, ¿por qué nadie me preguntó?!

   Este año ya tengo muchos regalitos para ella: un colgante de plata con forma de dado (porque le encanta jugar al rol), unos leggis, una rebeca negra larga -igual que la mía-, un cojín de Betty Boop en moto, una linterna chiquitita para el coche, un reloj con la correa azul turquesa, unas zapatillas calentitas con dibujo de piel de vaca y una bufanda que le he hecha con lycra marrón y oro con un diseño cogido de Internet ("bufanda calada dos agujas", por si queréis verla, es facilísima y muy bonita).
   Y pollo a la ciruela y después, la tarta. Y estar juntas un año más y pedir a Dios que haya muchos más al menos como éste, con lo mucho bueno que nos ha pasado.

   Me gustaría dedicarle una canción alegre que fuera "nuestra", y hay muchas que nos encantan a las dos; sin embargo, la que me viene a la cabeza porque nos acompañó en los malos tiempos no es alegre ni chispeante, pero sé que siempre, la oiga donde la oiga, le recordará a aquella mami que, mejor o peor, quiso estar a su lado, cogiéndole la mano, en todas las épocas de sus veinte años de vida.





                                     Va por ti, gatita blanca lacito rosa




¡¡¡¡F E L I Z   C U M P L E A Ñ O S , A M O R !!!!


tq, hb

domingo, 13 de noviembre de 2011

   Hacía tiempo que no me reía así, con esa risa floja que te hace brotar lágrimas y que no te deja ni acabar de decir lo que intentas. Casi siempre que me río así estoy con Anais. Antes -cuando vivíamos las dos solas- era mucho más frecuente. Y no es que ahora no esté bien, pero la despreocupación de aquellos años, a pesar de los problemas -y llegaron a ser muchos y graves- parece que se ha perdido.
   Y fue hablando de mi padre. Anais y H., su pareja, vinieron un ratito el sábado por la tarde; ella estaba agotada de la semana de trabajo, de tardes y echando casi una hora de más cada día, así que al llegar a la que siempre será SU CASA, se duchó con agua bien calentita, se puso mi albornoz y nos tiramos en el sofá, como en los viejos tiempos.
   Primero recordamos un chiste viejo, más gracioso para nosotras precisamente por conocido. Y luego, no recuerdo por qué, empezamos a hablar de Vega. A mi padre ella no le decía "abuelo", sino Vega, desde siempre, y cuando hablo con ella de él, yo también le llamo así.
   Empezamos por las equivocaciones que el pobre cometía por nuestra culpa: como hablamos, quizá, demasiado deprisa entre nosotras, él se liaba y luego nos reíamos los tres de aquellos errores. Cuando a nosotras nos dio la locura de ver capítulos y más capítulos de Ally McBeal, Vega no llegaba a entender del todo nuestras palabras, y un día, un poco cabreado y muy intrigado, nos soltó:
   -Niña, yo no sé cómo os puede gustar tanto una cosa con un título tan desagradable, de animales viles.
   ¡Creía que "Ally McBeal" era "Animal Vil"! Claro, se lo explicamos y tuvimos cachondeo para rato.
   O cuando nos cruzábamos en la calle con un muchacho -bueno, mayorcito ya, de mi edad- y le saludábamos. Vega nos preguntaba:
  -¿Quién es?
   Y nosotras, a la vez:
   -El padre "e" Damián.
   Hasta que un día me dijo:
   -Niña, y ese muchacho ¿es todavía cura o es que lo ha dejado?
   -¿Quién?
   -¡Ése: el padre Damián! Porque yo he estado por pedirle que me confiese, pero por si lo ha dejado... -mi padre, como anarquista recalcitrante, se reía bastante de esas cosas, aunque siempre sin maldad.
   -¡Papá, que es el padre de Damián, del amigo de la niña! -conseguí aclarar entre risas, porque todo nos hacía reír cuando estábamos juntas.
   Así contado... ya sé, no tiene gracia, sólo son anécdotas. Pero nosotras, ayer, recordándolo, ya íbamos riendo más y más. Hasta que llegamos al queso. El queso ya fue lo que nos dejó flojas y con las lágrimas de la risa corriendo por nuestras mejillas.
    Mi padre, con los años, había ido perdiendo peso a pesar de que no estaba enfermo, ni siquiera anémico. Se quedó en 48 kilos, y últimamente iba encorvadito porque no veía bien y no quería usar bastón, así que bajaba la cabeza para ver mejor el suelo. Tuvo que caerse varias veces -gracias a Dios, no se rompía nada, pero se hería- para consentir en usarlo, y siempre que podía lo dejaba olvidado en cualquier sitio. Lo curioso es que, cuando estaba fuerte y erguido, tenía varios bastones de diferentes modelos y le encantaba llevarlos siempre, pero cuando le hicieron verdadera falta ya no los quería ni ver.
   Pues, como estaba tan delgado, una de mis primas, médico (tengo un montón de primos médicos, enfermeros, matronas... les dio por ahí) me aconsejó que le diera queso a diario, para que tomara muchas calorías en poca cantidad. Así que yo se lo compraba y me encargaba de cortárselo, al peso, tantos gramos en cada comida, tres veces al día... Se lo envolvía por separado y se lo ponía en la nevera.
   Algunas veces, me comentaba:
   -Hoy me he comido todo el queso a media mañana, porque me cansa eso de tener que comerlo por obligación con cada comida.
   -Bueno, papi, el caso es que te comas la ración diaria, tú distribúyelo como prefieras -le decía yo.
   Hasta que una tarde llegó, contento pero a la vez  cabreado:
   -Mira, niña -siempre me decía "niña"-, aquí tienes el papel de la farmacia, ya me he pesado.
   -A ver... ¡qué bien, papi, has engordado más de un kilo en una semana!
   -Ya lo sé, niña, pero, mira, te voy a decir una cosa: ¡yo no puedo comer tanto queso!
   -Pero ¡si no es tanto! ¡Ojalá lo pudiera comer yo, con lo que me gusta! -soy un ratón, pero el queso engorda mucho así que casi no lo como más que en Nochebuena.
   -¿Que no es tanto? ¡Pero si hasta me dolía la boca de masticar!
   -Pero, papá, ¿cuánto queso te has comido?
   -Pues ¡el del día! ¡El que me dejaste ayer en la nevera!  
   ¡Y "ayer" le había dejado preparado el queso para toda la semana! ¡Se había comido casi un kilo de queso, el muy salvaje, y sólo "se le había cansado la boca"! ¡Ni siquiera le molestó el estómago!
   ¿Comprendéis por qué nos reíamos tanto Anais y yo? 



   Sí, la anécdota de "el queso de Vega" quedó para la posteridad. Inolvidable. Veo un queso, y lo recuerdo. Como en Semana Santa, cuando hago torrijas (me gusta hacerlas como una tradición, aunque apenas si me como un par de ellas, siempre por lo de que si engordan, blablablá..., pero es que me parece muy bonito tener tradiciones familiares), siempre me río recordando cuando se comió toda la cacerola de torrijas en la noche del Jueves Santo, en cuanto se quedó solo. O cuando escondía mantecados en todos los bolsillos, porque yo no quería que se diera un atracón y se pusiera malo. Era un hombre maravilloso, era el Poeta de la Paz, pero también era una persona real, divertida, cabezona, bromista, ¡adorable!, y siempre vivirá en nuestro recuerdo y reiremos al recordarlo y así sentimos como si aún estuviera entre nosotros...
   El sábado pasamos, con Vega, una tarde magnífica...



 

miércoles, 9 de noviembre de 2011

   Cuando mi niña era pequeñina yo me tomaba muy en serio los consejos del pediatra, aparte de que, habiendo estudiado dos años de Jardines de Infancia también había prestado mucha atención a las clases de Nutrición, que siempre me han interesado mucho por la cosa de las dietas y tal. A partir de los seis meses a los bebés había que empezar a darles verduras hervidas (sin sal): en aquella época consistía en un  puñadito de habichuelillas verdes, media patata y una zanahoria, y después se le añadían cincuenta gramos de pollo o de pescado. ¡Aquellos purés me gustaron tanto que empecé a comerlos yo también, al menos los domingos!
  Después mi niña creció, pero yo no quise dejar de darle verduras; por las noches le daba su puré, a veces también con lentejas, o con garbanzos, siempre sin grasa y con verduras variadas. Y Anais creció, ahora tiene casi veinte años, y las verduras siguen presentes en su dieta siempre, y le encantan.
  Muy a menudo escuchamos que a los niños no les gustan el pescado ni las verduras, y que ¿cómo vas a obligarles? Yo pensaba: "si desde chiquititos se les acostumbrara, como hice yo...", pero tampoco estaba segura: a lo mejor es que yo tuve con mi nena una suerte especial. Y con mi habitual inseguridad, lo achacaba a la suerte y no a mi habilidad. ¡Dejadme que me eche flores en este caso, por favor!
   Porque ahora que estoy con los peques, he podido comprobar personalmente y sin género de dudas que SÍ, que si se les da desde pequeños y no se deja de dárselos, a los niños les encantan los purés de verduras. Los únicos días en los que los platos vuelven a la cocina vacíos y casi rebañados, son aquellos en los que hay puré para todos, peques y no tan peques. Los ves inclinando los platos para cogerlo todo, saboreando, y, de verdad, es un alegrón... Porque ya sabemos todos que la grasa debe ser la mínima, que la verdura es importante para la salud y también para, simplemente, "conservar la línea", y comprobar que no es tarea imposible ni mucho menos siempre es un paso adelante.
  Y lo mismo os digo del pescado: el pescado blanco también se lo comen estupendamente; cuando a alguno no le hace mucha gracia, les damos una cucharadita de yogur y otra de pescado, que es un truco que recomiendo desde ya porque da resultados geniales. Y se lo comen todo, pero todo: abren sus boquitas como los pajaritos en el nido y no protestan. En cambio, con la carne ya se ponen más tontos, incluso con la pasta y el arroz hay que andar hasta bailándoles para que se coman algo más de medio plato.
  ¿Por qué, entonces, los mayores dejan de comer verduras? Pues sencillamente porque somos muy comodones en casa y no nos obligamos a cocinarla de modo atractivo. Porque no sabemos, o porque a nosotros mismos no nos gusta.
   Recuerdo que mi padre decía siempre: "A mí me gusta la verdura mucho... pero pasada por la barriga del cerdo". Y es que cuando yo decidía ponerme a dieta, de jovencilla, la verdura que me ponía mi madre era judías verdes hervidas y aliñadas con un poco de limón. Y punto. ¿Qué queréis que os diga?: ¡Puaj, puaj y puaj! Era insípido y cansado, así que cuando cogía un par de kilos prefería directamente pasar hambre antes que comer aquello. Pasaron los años, descubrí un día un par de recetas de puré de verduras que, según decían, sólo tenía 100 calorías por ración, las probé, y eso cambió mi vida, aunque parezca una exageración. Sobre aquellas recetas incorporé variantes, o sea, las hice con calabacín, con judías verdes, con col... todas igual de sabrosas y bajas en calorías. Mi padre se volvió forofo de la verdura, mi hija, ya os lo he dicho, para siempre también, mi pareja  (M.P., el de los yogures) alucina con ellos, y tomándolos no he vuelto a tener problemas de peso. ¿Qué más se puede pedir?
  Así que os voy a poner la receta básica, por si os apetece probarla, también por si tenéis niños, o pensáis tenerlos, o sobrinos, nietos, en fin, para todos. No perdemos nada con probarla, y se puede ganar mucho.

PURÉ DE GUISANTES

  Ingredientes para cuatro raciones:
  1/2 kg. de guisantes congelados; 1 cebolla; 2 cucharadas de aceite; 1 cubito de caldo de carne; nuez moscada o comino (opcional); 1 vaso de leche desnatada.

  Se sofríe la cebolla picadita a fuego lento, tapada, en el aceite. Cuando esté doradita, se le añaden los guisantes sin descongelar y dos o tres vasos de agua, justo para cubrirlos. Se echa el cubito de caldo y las especias, y cuando rompe a hervir se le baja el fuego, se tapa y se deja unos diez minutos, hasta que los guisantes estén tiernos. Se aparta, se le añade el vaso de leche y se bate.

  ¡Y ya está! Es sencillo, rápido y económico. El otro puré del que cogí la receta era exactamente igual, sólo que con zanahorias del tiempo y cuatro vasos de agua, porque los congelados sueltan más líquido al cocerlos. 
 A las variantes que yo hice, a veces en lugar de añadirles leche les agregaba un quesito en porciones, y al calabacín y las judías verdes, también, una patata más bien pequeña. Sea el que sea, todos estos purés de verduras están deliciosos, son sanos, no engordan y alimentan a grandes y pequeños. Es una forma ideal de añadir verduras a la dieta diaria y no hace falta estar "acostumbrado a lo verde" porque suele gustarle a todo el que lo prueba, por recalcitrante que sea. ¡Si le gustaba a mi padre y a una de las amigas de mi hija, que sólo quería hamburguesas y salchichas y de todo lo demás decía "qué asco"!
  Ya puestos, os cuento otro truquito que descubrí no hace mucho: el pimentón de la Vera.  Cuando cocino lentejas, garbanzos o alubias, les echo un buen espolvoreado de este pimentón, que lo hay dulce, picante, agridulce... ¡Sabe a chorizo! Así que puedes comerte un platito de lentejas sin nada de grasa y, encima, con el saborcito inigualable del chorizo... sólo añadiendo pimentón de la Vera. Lo venden en cualquier supermercado y es barato, así que los adoradores del chorizo no tienen excusa para no catarlo.
 
   Y como ya sé que esta entrada es un poco rara para las que yo suelo poner, pues me enrollaré una mijita para no cambiar tanto: sólo deciros que últimamente me cuesta bastante más dedicar tanto tiempo al blog, que vengo cansada, tengo cosas que hacer en casa, también quiero dedicar más tiempo a mi pareja porque a veces se nos pasaba el día sin apenas estar juntos, cada uno con sus distracciones, y no debemos ser tan descuidados, que los dos hemos sufrido una separación y deberíamos, por esa experiencia, saber que el amor hay que cuidarlo día a día y minuto a minuto, así que he empezado a quitarme tiempo de mis hobbys para compartirlo con él y creo que lo estamos haciendo bien. Últimamente no escribo nada, no me siento inspirada, pero intento vivir este trabajo que me ha caído del cielo de la manera más positiva, y la verdad es que parezco una abuelita o una títa cantando las gracias de sus niños. ¡Me tienen loca! No sabéis lo gratificante que es comprobar cómo absorben el cariño y de qué manera lo devuelven. Me abrazan, me buscan, me sonríen... hoy, un pequeñito venía a mirarme con toda su ternura y acariciarme la cara con las dos manitas, y me sonreía, y otra vez, y ya me iba a dar algo, ¡me lo comería crudito! Hay más de cuarenta peques en la guardería y cada uno es distinto y especial, pero, de verdad, todos responden al cariño con una ternura desbordante, igual los más extrovertidos que los tímidos, y sus demostraciones de afectos son tan inocentes y espontáneas que te estrujan el corazón.
Seguramente peco de un poquitín demasiado tierna; por supuesto que les riño cuando tengo que hacerlo pero me cuesta estar mucho tiempo seria con ellos, me cuesta "ponerme en mi sitio", ya lo sé, y fue ése uno de los motivos por los que, cuando tuve que elegir, no me decidí a estudiar para maestra, que era lo que más me gustaba cuando era niña. Por otro lado, me digo para consolarme que con mi hija me salió bastante bien, pero no es lo mismo educar a una niña que intentarlo con cuarenta. Cuando me quedo sola con una clase entera, sobre todo con los quince mayorcitos, me cuesta mantener el orden, a no ser que me ponga a cantar o a contarles un cuento. También es verdad que eso no ocurre con frecuencia, así que no puedo practicar a diario, no sé si sería mejor o peor. En fin, soy auxiliar,así que tampoco se me exige que lleve yo sola una clase todo el tiempo. Al menos sí puedo decir que los niños son buenos, que suelo conseguir que coman bien, que cuando tengo que castigarlos, me obedecen y no se desmandan, y que por ahora ¡estoy tan contenta! Aunque me encanten los viernes, y los domingos por la tarde esté pensando "uf... mañana otra vez", en el fondo, y a medida que avanza la semana, vengo cada día con la cabeza llena de anécdotas y sonriendo a cada recuerdo.

 Y ya os he dado mi comecocos que no podía faltar, a pesar de lo cansadita que estoy y de que se me echa la tarde encima, y mañana otra vez a trabajar... y, bueno, ¡que espero que probéis alguno de los purés que os he recomendado, y que os sepan a gloria!


Si tutti i ragazzi, i ragazzi del mondo
si dessero la mano, si dessero la mano, 
 allora ci sarebbe un girotondo
     intorno al mondo, intorno al mondo.

(de la canción “Girotondo Intorno Al Mondo",
de Sergio Endrigo sobre el texto original de 
Paul Fort) 


 Si todos los chicos, los chicos del mundo 
    se dieran la mano, se dieran la mano, 
         se formaría un corro
alrededor del mundo, alrededor del mundo.

martes, 1 de noviembre de 2011

Siguiendo con Mi Primavera De Desamor, con aquel tiempo que ya pasó, y enlazándolo con las entradas que os prometí de "Poesías de Siempre", me ronda la cabeza mi amado Bécquer; precisamente utilicé tres poemas suyos para encabezar cada una de las tres partes en las que dividí mi poemario triste. El primero, con cinco poemas en los que, sin saber aún nada, "presentía" que algo se había roto, era el siguiente:

     No me admiró tu olvido, aunque de un día
     me admiró tu cariño mucho más.
     Porque lo que hay en mí que vale algo,
     eso... ¡ni lo pudiste sospechar!
                                           Bécquer


  Es un grito de orgullo herido, por supuesto, y a lo largo de mi vida lo he copiado cientos de veces porque me gustaba tanto, y me hacía sentir mejor... sea o no sea verdad, una se consuela pensando que quien ha dejado de amarte nunca supo valorarte del todo. Puedes fallar, carecer de algunas cosas, pero tu alma inmortal está ahí, tus sentimientos son muchos más profundos de lo que los demás pueden alcanzar a ver, y nosotros, los que escribimos (que creo que somos todos los blogueros), tenemos ese "algo" mágico que nos protege un poquito, como un fetiche, del vacío absoluto de la soledad.

 Después, la segunda parte de Mi Primavera... era ya la certeza: como os conté en la anterior entrada, cuando por fin me lo dijo, harto ya de mis preguntas insistentes, de mi "dime la verdad, por favor" angustiado.
Y lo encabecé con la rima XLII de mi poeta, aquella a la que yo siempre he denominado "Infidelidad":


Cuando me lo dijeron, sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas.
Me apoyé contra el muro, y un momento
la conciencia perdí de dónde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche;
en ira y en piedad se anegó el alma.
¡Y entonces comprendí por qué se llora!
¡Y entonces comprendí por qué se mata!

...Pasó la nube de dolor. Con pena
logré balbucear breves palabras.
¿Quién me dio la noticia?: un fiel amigo.
¡Me hacía un gran favor!... Le di las gracias...
                                          Bécquer

  Y, por fin, llegamos a la tercera parte; tras un infinito año de dolor, con terribles recaídas que me cortaban la respiración, todo fue atenuándose, volví a sonreír con ilusión, mi vida se llenó de esperanza, fui la que había sido tanto tiempo atrás, volví a sentirme apreciada (no, no con amor, sino con amistad, que en aquel momento era lo que más falta me hacía) y a pensar que el mundo ni mucho menos se acababa. Y aquella tercera parte de Mi Primavera De Desamor llevaba como prólogo otro poema de Bécquer que, como todos los suyos, desde niña me sabía de memoria:


RIMA LXIV

Como guarda el avaro su tesoro
guardaba mi dolor.
Yo quería probar que hay algo eterno
a la que eterno me juró su amor.

Mas hoy le llamo en vano, y oigo al tiempo
que le agotó, decir:
"¡Ah, barro miserable! Eternamente
no podrás ni aun sufrir...
                     Bécquer

 Bécquer es el poeta que más me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, lo siento como a un amigo muy sabio, inalcanzable y a la vez cercano, dentro de mí. Él sabía expresar en pocas y sencillas palabras todo lo que yo podría pasarme estrofas sin fin intentando dibujar. Para mí, es el más inmortal de todos los poetas.

 Y hoy, día de Todos los Santos, no puedo por menos de recordarlo también por otro motivo: cuando era una niña -diez, once, doce años...- este día no estaba completo para mí si no me había estremecido con la lectura de El Monte De Las Ánimas, una de sus leyendas más espeluznantes. Temblé con esa leyenda más que con cualquier película de terror que haya visto a lo largo de toda mi vida, con su descripción del roce de los huesos que se aproximaban a la alcoba de la "hermosa prima"... Si tenéis oportunidad, no dejéis de leerla, porque es GENIAL.

  
Para Bécquer, el Poeta Inolvidable.
Con devoción.
             Jana

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Ana Vega Burgos
anavegaburgos,@hotmail.com